jueves, 4 de septiembre de 2014

JOHN JAIRO SALDARRIAGA L.


JOHN JAIRO SALDARRIAGA L.

Nací en Envigado, municipio que se hizo célebre porque en él nacieron, crecieron y sufrieron dos espíritus rebeldes: el maestro Fernando González y la pintora Débora Arango, he vivido.

 

Pertenezco a una familia cuyos apellidos son más bien enfermedades, Saldarriaga y Londoño. Las generaciones que me preceden son endogámicas, al punto que uno se sorprende de que ninguno de sus integrantes haya salido con cola de cerdo, como preocupaba a ciertos personajes de Cien años de soledad, o idiotas como temen en este medio.

 

Un antropólogo de estas montañas, Ricardo Saldarriaga, quien fuera hace años profesor y director del Museo de la Universidad de Antioquia, llegó a decirme que ese apellido quiere decir “sal de río” y que perteneció a una especie de horda de la región vasca, dedicada al pastoreo y a explotar ese condimento que brotaba en manantiales. Que sus miembros eran huraños y hoscos. No se asociaban con nadie y sus encuentros con otros grupos se reducían a leves contactos para negociar productos.

 

Nunca he comprobado esto, pero creo que el profesor dice la verdad. Esas palabras describen la familia a la que pertenezco. En la casa de mi padre, es decir, de abuelos y tíos, dedicados a la ganadería en pequeña escala, tenían un apodo que, además de apoderarse del nombre, resumía lo dicho por el antropólogo: Cusumbos. Como se sabe, este animal es de suyo solitario. Por estos días escribo una novela sobre ella.

 

No conocí en esa familia a alguien que escribiera o practicara algún arte. Sólo de mi madre, Blanca, aprendí el amor por los libros.



 

 

Comencé a escribir cuando tenía siete años y estaba en segundo grado en la Escuela Fernando González. Y a los once o doce, a escribir algo así como mi protoperiodismo, para periódicos de colegio. A los quince, para publicaciones locales, especialmente El Informativo, crónicas, informes y artículos de opinión. Por eso me parece impreciso decir que llevo diez años de periodista, como consta oficialmente.

 

Entiendo el oficio en términos de Cepeda Zamudio: periodismo es literatura bajo presión. Y como García Márquez en eso de que entre estas dos prácticas hay una muy nebulosa zona límite. Y son ellos, precisamente, los maestros que admiro -de los nuestros-, seguidos de Gonzalo Arango y una lista larga de nombres de allá y de aquí.

Soy cronista y redactor cultural de El Colombiano desde hace más de un año.

 

Antes edité el semanario El Observador, de alcance metropolitano, perteneciente a El Mundo, donde trabajé unos siete años, en dos períodos iguales, en los cuales hice más o menos lo mismo que he dicho: crónicas y redacción general.

 

En los medios de comunicación en que he trabajado, me he dedicado al periodismo literario, con crónicas y reportajes en los que he intentado hacer etnografía, pintar la cultura, al tiempo que a los individuos.

 

En ocasiones también croniquillas, muchas de las cuales, más que historias, son acuarelas de ciudad, descripciones de costumbres, objetos en uso o en desuso, pues, me parece que el periodista también debe fijar sus ojos, sus oídos, su nariz, sus manos, su cerebro, su corazón, en una palabra, todo su ser, en llamar la atención sobre estas cosas.

 

¿Para qué le sirve a un periódico un cronista?

Para que camine las calles y sea testigo de la vida. Del pálpito de una ciudad y, sobre todo de su gente. Y que luego intente hacer vivir -sufrir, amar, reír, morir- a los lectores con los seres de papel haciéndoles sentir que son de carne y hueso, linfa y sangre. Lo cual requiere hacer acopio de los mismos recursos que usa la literatura de ficción: verosimilitud sobre todo. Porque no basta con exponer el tema en un papel para sostener que lo que se menciona es no sólo verdad niño, más que esto, posible.

 

Un cronista cumple con la principal misión del periodista: estar ahí. Y sólo de eso habla. Hablar de lo que no se ha visto, olido, palpado, sentido, es un adefesio.

domingo, 11 de mayo de 2014

FALSA CONFUSIÓN DE SERPIENTES

En un tiempo muy antiguo los hogares quedaban cerca de todo el peligro de la selva, en una casa muy humilde vivía una niña llamada angela y su madre quien salia al jardín casi todos los días que su hija jugaba para darle un tajada de queso y pan.Cundo angela comenzaba a comer algo se movía en uno de tantos arbustos sin provocar algún temor en ella pero aun así dandole un poco de curiosidad. al día siguiente la angela estaba comiendo y se fue para averiguar que era lo que se movía,se acerco lentamente y era un a serpiente. a los días la madre le dio a angela la tajada de queso y pan. cuando su madre entro a la casa la serpiente se fue y angela salio tras la serpiente,de repente tropezó con una piedra y fue a caer a un pozo muy profundo y angela murió. la madre esperaba a angela esa noche para leerle un cuento, salio en busca de angela y al ver que no estaba empezó a llorar. al día siguiente la busco por todos lados y se fue a pedirle ayuda a las autoridades para que investigaran. esa misma tarde se le acerco la serpiente que se la llevo hacia los restos de su hija, la señora muy desesperada empezó a culpar a la serpiente. estuvo a punto de matarla,pero cuando iba a cometer ese error, sonó su teléfono y eran los investigadores para informarle que su hija habría muerto por causa de un accidente. La señora, después de la muerte de su hija alimentaba constantemente a la serpiente el cual iba seguido en busca de comida, y las señora al sentirse tan sola la hizo su mascota y su fiel compañera quien la acompaño hasta el día de su muerte.